Mañana de un sábado cualquiera, en la
espera del bus que me lleve el centro de la ciudad donde todo el
ajetreo de la gente y todo su bullicio se mezcla con los gritos e
improperios exacerbados de los mercaderes ambulantes, personas con
varios objetos encima -de mayor o menor valor- que venden a los
transeúntes que pasan por su lado obviando su posición social.
La parada está vacía, cosa insólita
siendo día de compras pero, bueno, al menos me queda espacio para
reposar mientras acaba de llegar el bus.
Una vez llega el automóvil me subo a
él y, mientras hago ésto, saco de mi bolsillo la tarjeta para picar
y, a su vez, echo una mirada hacia dentro de aquel auto para ver si
había o no espacio. Era evidente, lo había porque no había tampoco
nadie. O casi. Al fondo, lo más lejos posible del conductor,
permanecía una persona con un sombrero ancho, bien puesto, y portaba
puesta una gabardina de una tonalidad azul oscura, casi negra. Las
manos las tenía guardadas dentro de aquella prenda y, como
complemento, llevaba unas gafas oscuras que no dejaban traspasar el
color ni la dirección de su mirada.
No entendí ni cómo ni por qué pero
me fui acercando poco a poco a él, sabiendo que habían asientos por
doquier libres pero sintiendo que debía de aproximarme a aquella
persona mientras durara el transcurso del viaje. Quizá fuera por la
necesidad de entablar conversación o por la mera curiosidad de una
mujer que ya nada tiene ni nada le queda. Quizá sólo fuera éso, el
hecho de una nueva aventura, de un nuevo motivo para salir y ver, en
definitiva, un motivo para vivir.
Aproximé una mano hacia el asiento
desocupado que tenía al lado esta persona y le dije estúpidamente y
sin preámbulos:
– Perdone, ¿está ocupado?
El hombre levantó la cabeza y, con
ello, la mirada. Hizo deslizar sus lentes de sol opacas y me penetró
con la mirada. Aquellos ojos negros como carbón decían mucho más
que las palabras. ¡Lógico, está vacío! Con más tacto me
senté a su lado y empecé a mirar por la ventanilla, sin prestar
atención a los edificios ni a los lugares por donde pasaba el
transporte, me sumergí en mi mundo onírico y fantasioso, dejando
que la loca de la casa estuviera más loca que nunca pero una voz
abrupta le devolvió a la loca la sensatez:
– Te estaba esperando, llevo desde
el inicio del viaje de este bus en este mismo lugar, aguardando a la
mujer que, sin saber ni cómo ni por qué, se sentaría a mi lado
pese a estar todo este lugar sin un alma.
– ¿Cómo? ¿Esperándome? ¿A mí?
¡Se equivoca! – Dije sin pensar, arañando cada palabra de mi mundo de sueños.
– No, querida, no me equivoco, es
usted. Mire – mostró una carta que tenía doblegada en su
gabardina –, aquí lo pone todo claramente.
Agarré aquel pedazo de papel que
sostenía el hombre de mirada carboniza y empecé a leer las palabras
que contenía:
SE
HACE SABER QUE:
En la mañana de un
sábado cualquiera, a una hora imprecisa e imposible de saber,
una mujer de cabello
castaño, mirada perdida y voz argentina se aproximará
al asiento contiguo al
suyo y que, con esa misma voz, preguntará si estará
o no ocupado tal lugar.
Una vez ocurrido ésto
usted deberá darle el objeto que en este mensaje se adjunta,
SOLAMENTE A ELLA,
quedando excluida cualquier otra persona/animal/cosa.
– ¿Y
ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más? – Pregunté con un
tono de voz muy por debajo del normal, asombrada por todo lo
ocurrido.
– Sí,
hay algo más – dijo el hombre de la voz ronca –. Aquí –
alargó su mano hacia la mía – tienes el objeto que en el mensaje
pone que he de darte sólo a ti.
Abrió
su mano y un pequeño colgante de rubíes se desprendió. Agarré con
firmeza el objeto y lo puse de forma visible a mi mirada, para
observarlo con mirada clínica y científica, para hallar cualquier
respuesta posible y creíble a todo aquello que estaba ocurriendo en
un sábado que debía de ser como otro normal. Analicé pedazo a
pedazo, rubí a rubí, brillo a brillo pero no pude determinar nada
en claro. ¡Jamás en mi vida había visto tal pieza de orfebrería!
O eso pensé antes de presionar, sin querer, el rubí más pequeño
que había engastado. Al darle hice abrir un pequeño compartimento
donde, en él, había una fotografía del tamaño de una moneda, si
las monedas fueran cuadradas. Miré la imagen y me quedé anonadada
ante tal suceso.
El
hombre miró la fotografía también y, acto seguido, se quitó las
gafas de sol y me miró, con una mirada sorprendida pero, a su vez,
incrédula. Él tampoco daba crédito a lo que estaba ocurriendo en
aquel bus abandonado del gentío.
– Creo
que acabamos de abrir lo que no debíamos de abrir... – dije con
un hilo de voz.
– ¿Usted
también cree que ésto es...
– La
caja de Pandora, sin lugar a dudas – Me anticipé a su pregunta.
El auto
se paró en seco. Yo pensé que habíamos llegado a la siguiente
parada pero qué errada estaba con todo aquello. El conductor salió
de su zona de manejo del vehículo, con una sonrisa pérfida y llena
de oscuridad y se acercó raudo y veloz hacia el fondo del bus, lugar
donde nos encontrábamos el señor y yo y, sin hacer desaparecer su
sonrisa irónica y maliciosa, nos advirtió:
– Bien,
señorito y señorita, ahora van a darme sin preguntas y de buena
gana éso que tenéis ahí. Y no opongáis resistencia que yo no soy
la policía, a la mínima, no responderé de mis actos – sentenció
el supuesto conductor.
----------------------------------------------------------------------------------------------