jueves, 3 de mayo de 2012

Poema I


Hoy siento que el mar se ha secado
y que las lágrimas me inundaron
y surcaron y cabalgaron
y gritaron y murieron.
Hoy siento que el viento se paralizó
y que mi sonrisa fue evaporada
y robada y raptada
y escondida y asesinada.
Hoy siento que dejo de sentir,
que no hay más ayer ni menos mañana,
que el instante se marcha
y que corro para atrapar...
y atrapado quedo yo,
en eterna soledad.

Jael R.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un sábado cualquiera con Pandora.


Mañana de un sábado cualquiera, en la espera del bus que me lleve el centro de la ciudad donde todo el ajetreo de la gente y todo su bullicio se mezcla con los gritos e improperios exacerbados de los mercaderes ambulantes, personas con varios objetos encima -de mayor o menor valor- que venden a los transeúntes que pasan por su lado obviando su posición social.
La parada está vacía, cosa insólita siendo día de compras pero, bueno, al menos me queda espacio para reposar mientras acaba de llegar el bus.
Una vez llega el automóvil me subo a él y, mientras hago ésto, saco de mi bolsillo la tarjeta para picar y, a su vez, echo una mirada hacia dentro de aquel auto para ver si había o no espacio. Era evidente, lo había porque no había tampoco nadie. O casi. Al fondo, lo más lejos posible del conductor, permanecía una persona con un sombrero ancho, bien puesto, y portaba puesta una gabardina de una tonalidad azul oscura, casi negra. Las manos las tenía guardadas dentro de aquella prenda y, como complemento, llevaba unas gafas oscuras que no dejaban traspasar el color ni la dirección de su mirada.
No entendí ni cómo ni por qué pero me fui acercando poco a poco a él, sabiendo que habían asientos por doquier libres pero sintiendo que debía de aproximarme a aquella persona mientras durara el transcurso del viaje. Quizá fuera por la necesidad de entablar conversación o por la mera curiosidad de una mujer que ya nada tiene ni nada le queda. Quizá sólo fuera éso, el hecho de una nueva aventura, de un nuevo motivo para salir y ver, en definitiva, un motivo para vivir.
Aproximé una mano hacia el asiento desocupado que tenía al lado esta persona y le dije estúpidamente y sin preámbulos:

     – Perdone, ¿está ocupado?
 
 El hombre levantó la cabeza y, con ello, la mirada. Hizo deslizar sus lentes de sol opacas y me penetró con la mirada. Aquellos ojos negros como carbón decían mucho más que las palabras. ¡Lógico, está vacío! Con más tacto me senté a su lado y empecé a mirar por la ventanilla, sin prestar atención a los edificios ni a los lugares por donde pasaba el transporte, me sumergí en mi mundo onírico y fantasioso, dejando que la loca de la casa estuviera más loca que nunca pero una voz abrupta le devolvió a la loca la sensatez:

   – Te estaba esperando, llevo desde el inicio del viaje de este bus en este mismo lugar, aguardando a la mujer que, sin saber ni cómo ni por qué, se sentaría a mi lado pese a estar todo este lugar sin un alma.

    – ¿Cómo? ¿Esperándome? ¿A mí? ¡Se equivoca! – Dije sin pensar, arañando cada palabra de mi mundo de sueños.

   – No, querida, no me equivoco, es usted. Mire – mostró una carta que tenía doblegada en su gabardina –, aquí lo pone todo claramente.
Agarré aquel pedazo de papel que sostenía el hombre de mirada carboniza y empecé a leer las palabras que contenía:

SE HACE SABER QUE:

En la mañana de un sábado cualquiera, a una hora imprecisa e imposible de saber,
una mujer de cabello castaño, mirada perdida y voz argentina se aproximará
al asiento contiguo al suyo y que, con esa misma voz, preguntará si estará
o no ocupado tal lugar.
Una vez ocurrido ésto usted deberá darle el objeto que en este mensaje se adjunta,
SOLAMENTE A ELLA, quedando excluida cualquier otra persona/animal/cosa.

   – ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más? – Pregunté con un tono de voz muy por debajo del normal, asombrada por todo lo ocurrido.

   – Sí, hay algo más – dijo el hombre de la voz ronca –. Aquí – alargó su mano hacia la mía – tienes el objeto que en el mensaje pone que he de darte sólo a ti.

Abrió su mano y un pequeño colgante de rubíes se desprendió. Agarré con firmeza el objeto y lo puse de forma visible a mi mirada, para observarlo con mirada clínica y científica, para hallar cualquier respuesta posible y creíble a todo aquello que estaba ocurriendo en un sábado que debía de ser como otro normal. Analicé pedazo a pedazo, rubí a rubí, brillo a brillo pero no pude determinar nada en claro. ¡Jamás en mi vida había visto tal pieza de orfebrería! O eso pensé antes de presionar, sin querer, el rubí más pequeño que había engastado. Al darle hice abrir un pequeño compartimento donde, en él, había una fotografía del tamaño de una moneda, si las monedas fueran cuadradas. Miré la imagen y me quedé anonadada ante tal suceso.
El hombre miró la fotografía también y, acto seguido, se quitó las gafas de sol y me miró, con una mirada sorprendida pero, a su vez, incrédula. Él tampoco daba crédito a lo que estaba ocurriendo en aquel bus abandonado del gentío.

   – Creo que acabamos de abrir lo que no debíamos de abrir... – dije con un hilo de voz.

   – ¿Usted también cree que ésto es...

   – La caja de Pandora, sin lugar a dudas – Me anticipé a su pregunta.

El auto se paró en seco. Yo pensé que habíamos llegado a la siguiente parada pero qué errada estaba con todo aquello. El conductor salió de su zona de manejo del vehículo, con una sonrisa pérfida y llena de oscuridad y se acercó raudo y veloz hacia el fondo del bus, lugar donde nos encontrábamos el señor y yo y, sin hacer desaparecer su sonrisa irónica y maliciosa, nos advirtió:

   – Bien, señorito y señorita, ahora van a darme sin preguntas y de buena gana éso que tenéis ahí. Y no opongáis resistencia que yo no soy la policía, a la mínima, no responderé de mis actos – sentenció el supuesto conductor.

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Aquí está mi participación a Adictos a la Escritura. Espero que sea de vuestro agrado.

domingo, 26 de febrero de 2012

Calada del ayer.

Y despertar en cama, solo, abandonado, con la única compañía de una vieja copa ya malograda y
rota que, aquella noche, había albergado el vino más amargo de mi vida y el último cigarro,
consumiéndose, en el aparador, junto a aquella botella añeja.
Reclinarse sobre el alféizar de la ventana más próxima y mirar arriba, al terreno que algunos tratan
de bautizar como el “sitio Santo” y algunos otros ateos ven como la simple morada de las estrellas.
“Estrellas... estrellas... estrellas...”, continuamente resonaba en mi cabeza y a cada golpe de voz
interior, una punzada nueva de pasado, ¡maldito vino!
Mirar hacia terreno de nadie y dejarte llevar, dejar que tu mente divague en los parajes más hostiles
e inhóspitos y aquella gota de sudor frío... ¡antes no existía! y ahora recorre galopando por tu nuca
para acabar muriendo en tu espalda.
Cigarro sin humo, humo con melancolía; vida con tiempo, tiempo sin vida.
Y mientras, los últimos rastros de ceniza compacta de aquel cigarro que nadie probó, cayeron al suelo esparciéndose en efímeras motas de nada.

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Jael R.

domingo, 22 de enero de 2012

Quitándome lo dado, yo camino.


Te acercas y me besas
y luego...
luego marchas.
Te acercas y me amas
para luego...
para luego abandonarme.
Me das y me quitas,
me quitas y me hieres,
me hieres y me das vida
porque no me otorgas palabra
pero sí la voz
y, entre tanto,
te acercas y no te quedas
te acercas pero estás lejos
te acercas...
y luego,
nada.
Pero no importa porque
las golondrinas no volverán,
los ríos, morirán
y los versos serán tristes;
Éste es el andar del caminante.

Jael R.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Mujer.

                                                                                           Venus del espejo por Diego Velázquez.

Te miras ante tu gélido
reflejo. Es tu mirada,
que se mueve con sigilo,
la que observa con calma.
Otea el añil pasado
que nace de tu fría alma
y se eleva hasta tu boca
resiguiendo aquella llama
que tanto color brindó.
Te ves; te quieres. Tu mata
de cobre pelo te arropa;
mientras tu dulce voz canta,
jugueteas con los rizos
de tu castaña maraña
y piensas en tu Belleza.
Hermosura que es una lacra
para las mentes desiertas
que ven sin salir de casa,
que hablan sin conocer,
que “viven” sin salir de cama.
-¡No mires piel, mira ser!-
Guapa es Sandra; bella es Fátima,
bella es Eva; guapa es Luz,
guapa es Lara; bella es Danya.
Fíjate: Todos iguales
somos ante la gran parca.

Jael R.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Que el tiempo trascurre...


OTOÑO

Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.

Juan Ramón Jiménez.



El día clareaba en las crecientes más álgidas. El sol, como eterno padre, había salido ya para colorear aquel paisaje que su amante, la luna, dejó de blanco, negro y algunos puntos de gris. La mañana despertaba en aquel inhóspito lugar situado en alguna parte de ningún sitio, entre la latitud inexistente y la longitud imaginaria. Apenas habían casas en aquel sitio de fantasía pero la vida de aquel pueblo -por llamarlo de alguna forma- era más ajetreada que en cualquier ciudad de renombre importante. Los pocos hogares que habían eran todos de un mismo patrón: de aspecto rústico, de tacto liviano, de color marfil y de textura antigua. Todo lo que ocurría allá apenas tenía importancia. Las peleas eran meras bromas entre ciudadanos, los juicios eran juegos que hacían para divertirse, el amor que circulaba por todos lados sólo eran travesuras de zagales inocentes. Todo era así en aquel mundo abstracto hasta que, un buen día, lo que parecían simples charlas airadas entre amigos se convirtieron en un problema que tuvieron que solucionar lo más pronto posible.
Todo comenzó un día de octubre, aunque dudo que en aquel paraje existieran los meses, los días, las horas o, simplemente, el tiempo pero sí, ocurrió un día de octubre. Noto era una persona de carácter noble y apacible, apenas tenía malas palabras para nadie y estaba dispuesto a servir a todo aquel que reclamara su ayuda sin pedir nada a cambio. La gente lo calificaba como alguien frío porque era demasiado seco en algunos aspectos, aunque sabían que tenían su pequeña llama ardiendo dentro de él que, de vez en vez, se airaba y se expandía por todos los recovecos. Vulturno, en cambio, tenía una idiosincrasia totalmente ígnea. Gruñía por todo y se quejaba hasta por no haber motivos para quejarse. Era testarudo y de constitución vigorosa aunque eso no impedía que la gente le recriminara su actitud tan poco educativa. Era evidente: Noto y Vulturno discutían una vez al año y por la misma razón que siempre. No era que Noto quisiera buscar esa bronca, era, simplemente, que Vulturno le increpaba. Es el problema de acarrear, junto a dos personas más, un don que a cada cuarto de año se manifestaba. Era evidente que cuando éste se gastaba, molestaba dado que ya no reinaba con su magia.
  • Pues a mí me gusta que todo cambie –decía Noto con total tranquilidad- y que nada permanezca igual, le da más sentido a la existencia.
  • Pues yo no entiendo por qué ha de cambiar todo cada cierto tiempo –carraspeaba enfurecido Vulturno-.
  • Es sencillo, mi querido amigo, tu supremacía ha tocado fin y ahora -enfatizó Noto con tono jovial- me toca a mí, como es costumbre, establecer mi reinado.
  • ¡¿Qué reinado?! -se encolerizó Vulturno-. ¡¿Ése en el que pintas todo de un tono ocre, donde no sabes ni cuál es la temperatura correcta y no sabes ni dónde, ni cuándo, ni cuánto debe llover por los rincones de tu reino?! ¡¿Ése?!
Vulturno sabía que, por mucho que dijera, éso no lo regía nadie, simplemente tocaba porque era así que tocara. Ya había intentado más de mil veces restaurar de nuevo su poder cuando estaba el de otro compañero en marcha y era consciente de que lo único que conseguía con ello era empeorar todas las situaciones, pero no quería darse por vencido. Él pensaba que su magia era las más idónea porque siempre, cuando llegaba, todos la deseaban y disfrutaban. Él sabía qué temperatura era la correcta y que las lluvias sólo fastidiaban a los mundos inferiores y que apenas eran bien recibidas pero sabía que eran, de cuando en cuando, necesarias y, por ello, las liberaba todas a la vez y de forma efímera pero estruendosa; caían con una violencia inusitada.
Noto, el hombre calmado, por otra parte, conocía sobradamente que el poder de Vulturno era muy apreciado en los mundos inferiores pero no por ello él dejaba que estuviera siempre. Noto era inteligente y no tan deslenguado como su compañero y por ello conocía que él sólo era un mero trámite que debía cumplirse, un simple juego, entre todos los que ya existían, para que al final la partida la jugara en realidad otra persona y era por ello que Noto no se echaba atrás pese a la vehemencia que empleaba siempre Vulturno para intentar persuadirlo.
  • Yo no soy quien eligió ésto -se sinceró el hombre tranquilo-. Solamente ocurre porque debe pasar y yo no soy más que un mero puente para Bóreas al igual que Favonio lo es para ti. Es así de sencillo.
La gran diferencia era que entre Bóreas y Favonio nunca habían disputas. Entre ellos emanaba siempre una paz sosegada y se respetaban, tranquilamente, los turnos. Bóreas sabía qué papel representaba y Favonio, igual. Aunque, a veces, Favonio y Vulturnos emprendían sus discusiones, mayormente porque éste último quería empezar antes y, como siempre, mandaba que le dejaran ya, de una vez, usar su poder.
Todos los años era la misma cantinela. Raro era el año en que no pasaran estas cosas y raros eran los momentos en que Vulturno sonreía cuando no tenía nada que hacer. Aquellos momentos el pueblo situado en alguna parte de ningún sitio, entre la latitud inexistente y la longitud imaginaria, lo agradecía como agua de mayo -aunque no creo que supieran qué era mayo-.
Apenas nadie conoce esta leyenda pero quien logra saberla y, sobretodo, comprenderla llegará a saber qué clase de poderes tenían y por qué, cuando discutían, éso nos perjudicaba a nosotros en cierta manera.
Los años van pasando y ya me pesan; sería una lástima quedar olvidada esta historia en algún archivo de alguna biblioteca que ya nadie mirará. Sería una pena dejar morir una imaginación. Porque qué razón tenía Juan Ramón Jiménez en aquel poema... no hay nada mejor que este encantamiento de oro.

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 He aquí la primera participación al proyecto de noviembre, "el fragmento", de Adictos a la Escritura. Espero que os guste.
Por cierto, ya sé que la historia es un tanto extraña... no me culpéis por ello, jajaja.


sábado, 5 de noviembre de 2011

Soledad acompañada.


Adoro cuando pasas y miras con desgana
al lugar donde estoy sin saber la razón
por la cual yo te observo con la dulce pasión
de un triste adolescente que nunca nada gana.

Allá donde te aguardo sólo crecen espigas
pero cuando tú pasas, sólo nacen claveles
y me impregnan de olor dejando que desveles
las rosas con espinas que tengo como amigas.

Tu cabello se mueve al vaivén de la brisa,
y una sonrisa vuela, posándose muda
como el maldito tiempo que arrebata la duda
de la alegría efímera y el sabor de la risa.

Pero como a Neruda, me gustas cuando pasas
porque te quedas viéndome y me haces sonrojar
deteniendo, parécese, amor y suspirar,
y estoy feliz, feliz por revivir las brasas.

Jael R.