jueves, 21 de marzo de 2013

Poema VI


Corro por las calles muertas,
infestadas de mierda corrompida
y de corazones carbonizados de amor.
Los cadáveres animados van y vienen
como el 'tic-tac' del tiempo.
El hedor de la soledad noquea
y el miedo es la moneda de cambio
para esta sociedad manirrota
donde el suicidio es el ocio obligado
y la imaginación la comida de ayer.
La única esperanza es el morir
y la única luz la vela de tu lápida.
Corro por las calles de falsedad,
perdido como todos,
en el mar de la hipocresía;
Nada puede salvar el fin;
Nada puede...
excepto tú.

Jael R.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Poema V

              Mujer en la ventana de S.Dalí                                                           

Mi mente todavía juega con ella
y con armonía la viste y la desviste;
crea una mano que acaricia su muslo
y una idea fugaz agarra sus pechos.
Mi mente todavía juega con ella
y la besa en el cuello todo el instante
y le dice palabras sordas de amor
y le da nombre a los miedos de mi vida.
Mi mente todavía juega con ella
porque se fue dejando la puerta abierta,
las sábanas de cristal del dormitorio,
el sexo prohibido bajo pecado
y el café sin azúcar en mi sonrisa...
¡y aún recuerdo que pasó en un mes frío!
Mi mente todavía juega con ella
y la maldice con cada gesto suyo
y la odia con cada palabra que nombra
y la ama como si fuese siempre eterna.

Jael R.

jueves, 30 de agosto de 2012

Poema IV


Yo cultivo un jardín de inmensa esperanza
donde lirios y calas bailan al son del viento
mientras las margaritas muestran su mejor danza
al suave compás del puro sentimiento.

Y apartadas del resto, conviven trece rosas
de muy jóvenes tallos pero de gran valor
porque fueron podadas cuando eran más hermosas
por ello, yo cultivo las flores del amor.

En mi noble jardín aún viven trece sueños,
temiendo sin temer el terror del silencio
que una vez impusieron crueles y viles dueños;
por ello, yo cultivo el calor contra el cencio.

                                                                
                                                                En recuerdo a las 13 damas.

Jael R.

miércoles, 4 de julio de 2012

Poema III


No hay suficiente licor
en el más recóndito
y esquivo bar
para paliar mi sed de soledad.
Damas únicas de mil dueños,
sueños idílicos compartidos,
botella y pura melancolía.
Luz opaca. Tinieblas.
Tinieblas en cada rincón,
en cada aparador del recóndito
y esquivo bar.
Promesas fulanas,
besos perdidos,
caricias secas,
corazones rotos.
Rotos y en ceniza,
calcinados.
Mucho se cuenta sin dar cuenta
en el silencio del recóndito
y esquivo bar.

Jael R.

viernes, 1 de junio de 2012

Poema II


Si el amor llama a la puerta
espero no hallarme ya en casa,
que yo haya marchado lejos,
y que amor no invada cama
porque, querida mamá,
amar es lo que más daña:
te deja seco de espíritu,
mata la estima más alta,
roba todas tus sonrisas,
y acabas por sangrar lágrimas.
Si el amor llama a la puerta
que embarguen toda la casa
y que, con ella, se lo lleven
y que ya no regrese hasta
que el mar se seque por siempre.
Porque amar te deja en nada,
en tierra, en polvo y en humo.
¡Pero qué mentira amarga!
Amante sin amada, hiere
pero con amada, el alma
es, crece y rejuvenece.

 Jael R.

jueves, 3 de mayo de 2012

Poema I


Hoy siento que el mar se ha secado
y que las lágrimas me inundaron
y surcaron y cabalgaron
y gritaron y murieron.
Hoy siento que el viento se paralizó
y que mi sonrisa fue evaporada
y robada y raptada
y escondida y asesinada.
Hoy siento que dejo de sentir,
que no hay más ayer ni menos mañana,
que el instante se marcha
y que corro para atrapar...
y atrapado quedo yo,
en eterna soledad.

Jael R.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un sábado cualquiera con Pandora.


Mañana de un sábado cualquiera, en la espera del bus que me lleve el centro de la ciudad donde todo el ajetreo de la gente y todo su bullicio se mezcla con los gritos e improperios exacerbados de los mercaderes ambulantes, personas con varios objetos encima -de mayor o menor valor- que venden a los transeúntes que pasan por su lado obviando su posición social.
La parada está vacía, cosa insólita siendo día de compras pero, bueno, al menos me queda espacio para reposar mientras acaba de llegar el bus.
Una vez llega el automóvil me subo a él y, mientras hago ésto, saco de mi bolsillo la tarjeta para picar y, a su vez, echo una mirada hacia dentro de aquel auto para ver si había o no espacio. Era evidente, lo había porque no había tampoco nadie. O casi. Al fondo, lo más lejos posible del conductor, permanecía una persona con un sombrero ancho, bien puesto, y portaba puesta una gabardina de una tonalidad azul oscura, casi negra. Las manos las tenía guardadas dentro de aquella prenda y, como complemento, llevaba unas gafas oscuras que no dejaban traspasar el color ni la dirección de su mirada.
No entendí ni cómo ni por qué pero me fui acercando poco a poco a él, sabiendo que habían asientos por doquier libres pero sintiendo que debía de aproximarme a aquella persona mientras durara el transcurso del viaje. Quizá fuera por la necesidad de entablar conversación o por la mera curiosidad de una mujer que ya nada tiene ni nada le queda. Quizá sólo fuera éso, el hecho de una nueva aventura, de un nuevo motivo para salir y ver, en definitiva, un motivo para vivir.
Aproximé una mano hacia el asiento desocupado que tenía al lado esta persona y le dije estúpidamente y sin preámbulos:

     – Perdone, ¿está ocupado?
 
 El hombre levantó la cabeza y, con ello, la mirada. Hizo deslizar sus lentes de sol opacas y me penetró con la mirada. Aquellos ojos negros como carbón decían mucho más que las palabras. ¡Lógico, está vacío! Con más tacto me senté a su lado y empecé a mirar por la ventanilla, sin prestar atención a los edificios ni a los lugares por donde pasaba el transporte, me sumergí en mi mundo onírico y fantasioso, dejando que la loca de la casa estuviera más loca que nunca pero una voz abrupta le devolvió a la loca la sensatez:

   – Te estaba esperando, llevo desde el inicio del viaje de este bus en este mismo lugar, aguardando a la mujer que, sin saber ni cómo ni por qué, se sentaría a mi lado pese a estar todo este lugar sin un alma.

    – ¿Cómo? ¿Esperándome? ¿A mí? ¡Se equivoca! – Dije sin pensar, arañando cada palabra de mi mundo de sueños.

   – No, querida, no me equivoco, es usted. Mire – mostró una carta que tenía doblegada en su gabardina –, aquí lo pone todo claramente.
Agarré aquel pedazo de papel que sostenía el hombre de mirada carboniza y empecé a leer las palabras que contenía:

SE HACE SABER QUE:

En la mañana de un sábado cualquiera, a una hora imprecisa e imposible de saber,
una mujer de cabello castaño, mirada perdida y voz argentina se aproximará
al asiento contiguo al suyo y que, con esa misma voz, preguntará si estará
o no ocupado tal lugar.
Una vez ocurrido ésto usted deberá darle el objeto que en este mensaje se adjunta,
SOLAMENTE A ELLA, quedando excluida cualquier otra persona/animal/cosa.

   – ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más? – Pregunté con un tono de voz muy por debajo del normal, asombrada por todo lo ocurrido.

   – Sí, hay algo más – dijo el hombre de la voz ronca –. Aquí – alargó su mano hacia la mía – tienes el objeto que en el mensaje pone que he de darte sólo a ti.

Abrió su mano y un pequeño colgante de rubíes se desprendió. Agarré con firmeza el objeto y lo puse de forma visible a mi mirada, para observarlo con mirada clínica y científica, para hallar cualquier respuesta posible y creíble a todo aquello que estaba ocurriendo en un sábado que debía de ser como otro normal. Analicé pedazo a pedazo, rubí a rubí, brillo a brillo pero no pude determinar nada en claro. ¡Jamás en mi vida había visto tal pieza de orfebrería! O eso pensé antes de presionar, sin querer, el rubí más pequeño que había engastado. Al darle hice abrir un pequeño compartimento donde, en él, había una fotografía del tamaño de una moneda, si las monedas fueran cuadradas. Miré la imagen y me quedé anonadada ante tal suceso.
El hombre miró la fotografía también y, acto seguido, se quitó las gafas de sol y me miró, con una mirada sorprendida pero, a su vez, incrédula. Él tampoco daba crédito a lo que estaba ocurriendo en aquel bus abandonado del gentío.

   – Creo que acabamos de abrir lo que no debíamos de abrir... – dije con un hilo de voz.

   – ¿Usted también cree que ésto es...

   – La caja de Pandora, sin lugar a dudas – Me anticipé a su pregunta.

El auto se paró en seco. Yo pensé que habíamos llegado a la siguiente parada pero qué errada estaba con todo aquello. El conductor salió de su zona de manejo del vehículo, con una sonrisa pérfida y llena de oscuridad y se acercó raudo y veloz hacia el fondo del bus, lugar donde nos encontrábamos el señor y yo y, sin hacer desaparecer su sonrisa irónica y maliciosa, nos advirtió:

   – Bien, señorito y señorita, ahora van a darme sin preguntas y de buena gana éso que tenéis ahí. Y no opongáis resistencia que yo no soy la policía, a la mínima, no responderé de mis actos – sentenció el supuesto conductor.

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Aquí está mi participación a Adictos a la Escritura. Espero que sea de vuestro agrado.