miércoles, 14 de septiembre de 2011

Su luz dejó de brillar.


La obscuridad se aproxima y nos envuelve.
Nos envuelve y nos reconforta de sueños.
Pero ya nadie sale a pasear. Ya nadie sale...
Y ella, la única que ilumina al natural,
la única que nos mira cuando nadie puede,
la que sólo se marcha cuando sabemos que estamos bien,
la que nos da tristeza, lágrimas y amor,
Ella... ella ya no ve a nadie y llora.
Llora como el enamorado confuso en su cama,
Llora como la lluvia,
Llora sola.

La letanía de tinieblas se acerca y nos enrolla.
Nos enrolla y deja que nos marchemos más allá.
Pero ya nadie quiere marcharse. Ya nadie marcha...
Y la diáfana luz blanca, apenada, ya no tiene secretos
que guardar. Ya no tienen promesas ni alegrías.
Tampoco ya guarda besos salados de mar. Ya no observa amor.
La diáfana luz ya no hace brotar relaciones.
Sólo ve el adiós de la vida. El adiós del hombre.
¿Y la mujer? La mujer sólo aguarda al día, al astro.

Ya no salgo a pasear. No cuando ella está.
Ya no me enamoro ni hago que se enamoren.
Ya no disfruto de su sonrisa cálida.
Ya no sueño con caricias tiernas.
Ya no... te echo de menos.
Ya no... te amo.
Ya no. Ya sólo te necesito.

Jael R.