miércoles, 23 de noviembre de 2011

Que el tiempo trascurre...


OTOÑO

Esparce octubre, al blando movimiento
del sur, las hojas áureas y las rojas,
y, en la caída clara de sus hojas,
se lleva al infinito el pensamiento.

Qué noble paz en este alejamiento
de todo; oh prado bello que deshojas
tus flores; oh agua fría ya, que mojas
con tu cristal estremecido el viento!

¡Encantamiento de oro! Cárcel pura,
en que el cuerpo, hecho alma, se enternece,
echado en el verdor de una colina!

En una decadencia de hermosura,
la vida se desnuda, y resplandece
la excelsitud de su verdad divina.

Juan Ramón Jiménez.



El día clareaba en las crecientes más álgidas. El sol, como eterno padre, había salido ya para colorear aquel paisaje que su amante, la luna, dejó de blanco, negro y algunos puntos de gris. La mañana despertaba en aquel inhóspito lugar situado en alguna parte de ningún sitio, entre la latitud inexistente y la longitud imaginaria. Apenas habían casas en aquel sitio de fantasía pero la vida de aquel pueblo -por llamarlo de alguna forma- era más ajetreada que en cualquier ciudad de renombre importante. Los pocos hogares que habían eran todos de un mismo patrón: de aspecto rústico, de tacto liviano, de color marfil y de textura antigua. Todo lo que ocurría allá apenas tenía importancia. Las peleas eran meras bromas entre ciudadanos, los juicios eran juegos que hacían para divertirse, el amor que circulaba por todos lados sólo eran travesuras de zagales inocentes. Todo era así en aquel mundo abstracto hasta que, un buen día, lo que parecían simples charlas airadas entre amigos se convirtieron en un problema que tuvieron que solucionar lo más pronto posible.
Todo comenzó un día de octubre, aunque dudo que en aquel paraje existieran los meses, los días, las horas o, simplemente, el tiempo pero sí, ocurrió un día de octubre. Noto era una persona de carácter noble y apacible, apenas tenía malas palabras para nadie y estaba dispuesto a servir a todo aquel que reclamara su ayuda sin pedir nada a cambio. La gente lo calificaba como alguien frío porque era demasiado seco en algunos aspectos, aunque sabían que tenían su pequeña llama ardiendo dentro de él que, de vez en vez, se airaba y se expandía por todos los recovecos. Vulturno, en cambio, tenía una idiosincrasia totalmente ígnea. Gruñía por todo y se quejaba hasta por no haber motivos para quejarse. Era testarudo y de constitución vigorosa aunque eso no impedía que la gente le recriminara su actitud tan poco educativa. Era evidente: Noto y Vulturno discutían una vez al año y por la misma razón que siempre. No era que Noto quisiera buscar esa bronca, era, simplemente, que Vulturno le increpaba. Es el problema de acarrear, junto a dos personas más, un don que a cada cuarto de año se manifestaba. Era evidente que cuando éste se gastaba, molestaba dado que ya no reinaba con su magia.
  • Pues a mí me gusta que todo cambie –decía Noto con total tranquilidad- y que nada permanezca igual, le da más sentido a la existencia.
  • Pues yo no entiendo por qué ha de cambiar todo cada cierto tiempo –carraspeaba enfurecido Vulturno-.
  • Es sencillo, mi querido amigo, tu supremacía ha tocado fin y ahora -enfatizó Noto con tono jovial- me toca a mí, como es costumbre, establecer mi reinado.
  • ¡¿Qué reinado?! -se encolerizó Vulturno-. ¡¿Ése en el que pintas todo de un tono ocre, donde no sabes ni cuál es la temperatura correcta y no sabes ni dónde, ni cuándo, ni cuánto debe llover por los rincones de tu reino?! ¡¿Ése?!
Vulturno sabía que, por mucho que dijera, eso no lo regía nadie, simplemente tocaba porque era así que tocara. Ya había intentado más de mil veces restaurar de nuevo su poder cuando estaba el de otro compañero en marcha y era consciente de que lo único que conseguía con ello era empeorar todas las situaciones, pero no quería darse por vencido. Él pensaba que su magia era las más idónea porque siempre, cuando llegaba, todos la deseaban y disfrutaban. Él sabía qué temperatura era la correcta y que las lluvias sólo fastidiaban a los mundos inferiores y que apenas eran bien recibidas pero sabía que eran, de cuando en cuando, necesarias y, por ello, las liberaba todas a la vez y de forma efímera pero estruendosa; caían con una violencia inusitada.
Noto, el hombre calmado, por otra parte, conocía sobradamente que el poder de Vulturno era muy apreciado en los mundos inferiores pero no por ello él dejaba que estuviera siempre. Noto era inteligente y no tan deslenguado como su compañero y por ello conocía que él sólo era un mero trámite que debía cumplirse, un simple juego, entre todos los que ya existían, para que al final la partida la jugara en realidad otra persona y era por ello que Noto no se echaba atrás pese a la vehemencia que empleaba siempre Vulturno para intentar persuadirlo.
  • Yo no soy quien eligió ésto -se sinceró el hombre tranquilo-. Solamente ocurre porque debe pasar y yo no soy más que un mero puente para Bóreas al igual que Favonio lo es para ti. Es así de sencillo.
La gran diferencia era que entre Bóreas y Favonio nunca habían disputas. Entre ellos emanaba siempre una paz sosegada y se respetaban, tranquilamente, los turnos. Bóreas sabía qué papel representaba y Favonio, igual. Aunque, a veces, Favonio y Vulturnos emprendían sus discusiones, mayormente porque éste último quería empezar antes y, como siempre, mandaba que le dejaran ya, de una vez, usar su poder.
Todos los años era la misma cantinela. Raro era el año en que no pasaran estas cosas y raros eran los momentos en que Vulturno sonreía cuando no tenía nada que hacer. Aquellos momentos el pueblo situado en alguna parte de ningún sitio, entre la latitud inexistente y la longitud imaginaria, lo agradecía como agua de mayo -aunque no creo que supieran qué era mayo-.
Apenas nadie conoce esta leyenda pero quien logra saberla y sobre todo comprenderla, llegará a saber qué clase de poderes tenían y por qué, cuando discutían, eso nos perjudicaba a nosotros en cierta manera.
Los años van pasando y ya me pesan; sería una lástima quedar olvidada esta historia en algún archivo de alguna biblioteca que ya nadie mirará. Sería una pena dejar morir una imaginación. Porque qué razón tenía Juan Ramón Jiménez en aquel poema... no hay nada mejor que este encantamiento de oro.

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 He aquí la primera participación al proyecto de noviembre, "el fragmento", de Adictos a la Escritura. Espero que os guste.
Por cierto, ya sé que la historia es un tanto extraña... no me culpéis por ello, jajaja.


sábado, 5 de noviembre de 2011

Soledad acompañada.


Adoro cuando pasas y miras con desgana
al lugar donde estoy sin saber la razón
por la cual yo te observo con la dulce pasión
de un triste adolescente que nunca nada gana.

Allá donde te aguardo sólo crecen espigas
pero cuando tú pasas, sólo nacen claveles
y me impregnan de olor dejando que desveles
las rosas con espinas que tengo como amigas.

Tu cabello se mueve al vaivén de la brisa,
y una sonrisa vuela, posándose muda
como el maldito tiempo que arrebata la duda
de la alegría efímera y el sabor de la risa.

Pero como a Neruda, me gustas cuando pasas
porque te quedas viéndome y me haces sonrojar
deteniendo, parécese, amor y suspirar,
y estoy feliz, feliz por revivir las brasas.

Jael R.