domingo, 26 de febrero de 2012

Calada del ayer.

Y despertar en cama, solo, abandonado, con la única compañía de una vieja copa ya malograda y
rota que, aquella noche, había albergado el vino más amargo de mi vida y el último cigarro,
consumiéndose, en el aparador, junto a aquella botella añeja.
Reclinarse sobre el alféizar de la ventana más próxima y mirar arriba, al terreno que algunos tratan
de bautizar como el “sitio Santo” y algunos otros ateos ven como la simple morada de las estrellas.
“Estrellas... estrellas... estrellas...”, continuamente resonaba en mi cabeza y a cada golpe de voz
interior, una punzada nueva de pasado, ¡maldito vino!
Mirar hacia terreno de nadie y dejarte llevar, dejar que tu mente divague en los parajes más hostiles
e inhóspitos y aquella gota de sudor frío... ¡antes no existía! y ahora recorre galopando por tu nuca
para acabar muriendo en tu espalda.
Cigarro sin humo, humo con melancolía; vida con tiempo, tiempo sin vida.
Y mientras, los últimos rastros de ceniza compacta de aquel cigarro que nadie probó, cayeron al suelo esparciéndose en efímeras motas de nada.

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Jael R.