lunes, 26 de marzo de 2012

Un sábado cualquiera con Pandora.


Mañana de un sábado cualquiera, en la espera del bus que me lleve el centro de la ciudad donde todo el ajetreo de la gente y todo su bullicio se mezcla con los gritos e improperios exacerbados de los mercaderes ambulantes, personas con varios objetos encima -de mayor o menor valor- que venden a los transeúntes que pasan por su lado obviando su posición social.
La parada está vacía, cosa insólita siendo día de compras pero, bueno, al menos me queda espacio para reposar mientras acaba de llegar el bus.
Una vez llega el automóvil me subo a él y, mientras hago ésto, saco de mi bolsillo la tarjeta para picar y, a su vez, echo una mirada hacia dentro de aquel auto para ver si había o no espacio. Era evidente, lo había porque no había tampoco nadie. O casi. Al fondo, lo más lejos posible del conductor, permanecía una persona con un sombrero ancho, bien puesto, y portaba puesta una gabardina de una tonalidad azul oscura, casi negra. Las manos las tenía guardadas dentro de aquella prenda y, como complemento, llevaba unas gafas oscuras que no dejaban traspasar el color ni la dirección de su mirada.
No entendí ni cómo ni por qué pero me fui acercando poco a poco a él, sabiendo que habían asientos por doquier libres pero sintiendo que debía de aproximarme a aquella persona mientras durara el transcurso del viaje. Quizá fuera por la necesidad de entablar conversación o por la mera curiosidad de una mujer que ya nada tiene ni nada le queda. Quizá sólo fuera éso, el hecho de una nueva aventura, de un nuevo motivo para salir y ver, en definitiva, un motivo para vivir.
Aproximé una mano hacia el asiento desocupado que tenía al lado esta persona y le dije estúpidamente y sin preámbulos:

     – Perdone, ¿está ocupado?
 
 El hombre levantó la cabeza y, con ello, la mirada. Hizo deslizar sus lentes de sol opacas y me penetró con la mirada. Aquellos ojos negros como carbón decían mucho más que las palabras. ¡Lógico, está vacío! Con más tacto me senté a su lado y empecé a mirar por la ventanilla, sin prestar atención a los edificios ni a los lugares por donde pasaba el transporte, me sumergí en mi mundo onírico y fantasioso, dejando que la loca de la casa estuviera más loca que nunca pero una voz abrupta le devolvió a la loca la sensatez:

   – Te estaba esperando, llevo desde el inicio del viaje de este bus en este mismo lugar, aguardando a la mujer que, sin saber ni cómo ni por qué, se sentaría a mi lado pese a estar todo este lugar sin un alma.

    – ¿Cómo? ¿Esperándome? ¿A mí? ¡Se equivoca! – Dije sin pensar, arañando cada palabra de mi mundo de sueños.

   – No, querida, no me equivoco, es usted. Mire – mostró una carta que tenía doblegada en su gabardina –, aquí lo pone todo claramente.
Agarré aquel pedazo de papel que sostenía el hombre de mirada carboniza y empecé a leer las palabras que contenía:

SE HACE SABER QUE:

En la mañana de un sábado cualquiera, a una hora imprecisa e imposible de saber,
una mujer de cabello castaño, mirada perdida y voz argentina se aproximará
al asiento contiguo al suyo y que, con esa misma voz, preguntará si estará
o no ocupado tal lugar.
Una vez ocurrido ésto usted deberá darle el objeto que en este mensaje se adjunta,
SOLAMENTE A ELLA, quedando excluida cualquier otra persona/animal/cosa.

   – ¿Y ya está? ¿Eso es todo? ¿No hay nada más? – Pregunté con un tono de voz muy por debajo del normal, asombrada por todo lo ocurrido.

   – Sí, hay algo más – dijo el hombre de la voz ronca –. Aquí – alargó su mano hacia la mía – tienes el objeto que en el mensaje pone que he de darte sólo a ti.

Abrió su mano y un pequeño colgante de rubíes se desprendió. Agarré con firmeza el objeto y lo puse de forma visible a mi mirada, para observarlo con mirada clínica y científica, para hallar cualquier respuesta posible y creíble a todo aquello que estaba ocurriendo en un sábado que debía de ser como otro normal. Analicé pedazo a pedazo, rubí a rubí, brillo a brillo pero no pude determinar nada en claro. ¡Jamás en mi vida había visto tal pieza de orfebrería! O eso pensé antes de presionar, sin querer, el rubí más pequeño que había engastado. Al darle hice abrir un pequeño compartimento donde, en él, había una fotografía del tamaño de una moneda, si las monedas fueran cuadradas. Miré la imagen y me quedé anonadada ante tal suceso.
El hombre miró la fotografía también y, acto seguido, se quitó las gafas de sol y me miró, con una mirada sorprendida pero, a su vez, incrédula. Él tampoco daba crédito a lo que estaba ocurriendo en aquel bus abandonado del gentío.

   – Creo que acabamos de abrir lo que no debíamos de abrir... – dije con un hilo de voz.

   – ¿Usted también cree que ésto es...

   – La caja de Pandora, sin lugar a dudas – Me anticipé a su pregunta.

El auto se paró en seco. Yo pensé que habíamos llegado a la siguiente parada pero qué errada estaba con todo aquello. El conductor salió de su zona de manejo del vehículo, con una sonrisa pérfida y llena de oscuridad y se acercó raudo y veloz hacia el fondo del bus, lugar donde nos encontrábamos el señor y yo y, sin hacer desaparecer su sonrisa irónica y maliciosa, nos advirtió:

   – Bien, señorito y señorita, ahora van a darme sin preguntas y de buena gana éso que tenéis ahí. Y no opongáis resistencia que yo no soy la policía, a la mínima, no responderé de mis actos – sentenció el supuesto conductor.

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Aquí está mi participación a Adictos a la Escritura. Espero que sea de vuestro agrado.